miércoles, 20 de febrero de 2013

La reunión



Alber andaba por las calles oscuras de su barrio y de repente se encontró con Elena, ella al verle fue corriendo a abrazarle pero él la ignoró un poco. Elena se quedó alucinada ya que no entendía su comportamiento. Le pidió que se sentaran en el banco del parque para poder hablar de lo que le pasaba. Él no quería decir nada ya que si soltaba prenda iba a poner en peligro su relación de amistad, relación que era esa ya que Elena quería. Elena no quería que Alber estuviera así por lo que siguió insistiéndole. Alber, ante tanta insistencia, comenzó su charla.
-Lo primero, es que sepas que tengo esta cara desde que te he visto llegar, ya que llevas más de tres meses sin hablarme ya que has decidido seguir con ese que te hace la vida imposible y a mí me has dado una patada en el culo- dijo Alberto.
-No entiendo nada, ¿de qué estás hablando?- dijo ella.
-De nada, paso de todo. Me tengo que ir- concluyó Alberto y se fue hacia el local dejando a Elena confusa en el banco.
Alberto llegó al local, pero antes de entrar encendió su último cigarro ya que necesitaba calmar sus nervios. Una vez que lo terminó se dispuso a entrar y allí encontró a todos los del grupo, hasta vio a Raúl que llevaba mucho tiempo sin verlo ya que acababa de volver de la cárcel. Joni, al verlo entrar se dispuso a empezar con la reunión.
Amigos, me enorgullece volver a veros a todos, pero sobretodo a ti Raúl, que has vuelto después de dos años a esta gran familia. Ya sabeis que han venido al barrio unos nuevos vecinos con mucha pasta, por lo cual, no tenemos que ser maleducados y tendremos que ir esta noche a darlos la bienvenida. Por lo cual, una vez que salgamos de aquí, iremos todos a su casa y robaremos todo lo que pillemos, pero eso sí, no quiero sangre.
Al terminar la charla, Joni bajó del altillo y se acercó donde estaba Alber para presentarle a un nuevo miembro del grupo, Adri. Ambos se saludaron y se hicieron rápidamente amigos ya que Adri necesitaba un guía para esto de los atracos y él aceptó enseguida.
Una vez que se terminaron todos los preparativos, se dispusieron a salir, pero de repente entró una chica, Elena, la cual entró corriendo y fue a dar un beso a Adri y a desearle buena suerte. Todos salieron por la puerta y se quedaron un momento Adri, Elena y Alberto, ya que Adrián quería presentar a su nuevo amigo su novia. Alber le dijo que ya la conocía, lo cual hizo mucha ilusión a Adri. Elena se volvió a despedir de Adri y cuando se acercó a Alber le guiñó un ojo y se fue. Adri le dio una palmada a Alber y le animó a juntarse con el grupo para ir a su nuevo destino, la casa de los millonetis.


lunes, 11 de febrero de 2013

Epílogo


Era sábado, y Alberto se encontraba sentado en su cama con una lata de cola y el ordenador al lado, se acababa de quitar los cascos porque sus padres iban a empezar a hablar de lo inmaduro que era, cosa que a él le resbalaba lo que pudieran decir. Una vez que se acabó la conversación, se preparó su canuto de hierba recién traída por su amigo camello, el Joni, y se tumbó en la cama a contar las estrellas que tenía pegadas en el techo de cuando era un niño.
Pasada media hora, sonó su móvil de nueva generación que fue gratis gracias a un señor que se estaba atando los cordones de los zapatos, al descolgar, oyó la voz de su amigo Jonathan, que quería juntar al grupo para realizar una de sus muchas gamberradas. Alber no tardó en aceptar la propuesta y se puso su pantalón vaquero, la chupa de cuero negro que no se la quitaba desde que se la regalaron por su último cumpleaños y sus playeras negras con un verde chillón para que desde el espacio se supiera bien cual era su localización. Una vez realizados todos los preparativos se dispuso a salir de casa. Su padre al verlo salir, le recordó amablemente que estaba cometiendo un gran error en salir con esas personas a las cuales consideraba amigos ya que solo le estaban y le iban a causar problemas.
  • Hijo, ¿pero no te das cuenta de que esos amigos tuyos no te convienen?- Dijo el padre.
  • Que sí, papá. Que me parece muy bien que todos los días me digas los mismos sermones- contestó el hijo y se marchó dando con la puerta en las narices del padre, el cual empezó a descontrolarse y a soltar barbaridades hacia su hijo, mientras la madre, daba vueltas por la casa apesadumbrada.